Presentación en Santa Cruz de la Sierra

Claudia Bowles O.
Crítica literaria
Bolivia

 

 

Cada vez que nos encontramos en una presentación de libros, a los lectores que estamos como oyentes, nos asaltan las preguntas sobre qué tópicos tocará el presentador y a su vez el propio autor.

Y cuándo nos toca más bien estar en este lado del espacio, “presentando” un libro, nos preguntamos ¿qué quisiera saber el potencial lector que está esta noche asistiendo a este rito literario? ¿Qué beneficio tiene finalmente, este gesto, de intermediar de algún modo entre el lector y la obra, sobre todo tratándose de un poemario? Partiendo de una opinión que acabo de escuchar en Juan Gelman, recientemente homenajeado por la publicación de su primer libro, me ofrezco a ustedes como simple lectora, sin ningún privilegio más que el de poder gozar de la lectura. La poesía no tiene público, dijo el poeta, tiene lectores.

Entiendo el acto de lectura como un acto de amor (tal cual lo es el de la escritura) en el que cedo, renuncio a mis defensas racionales, “bajo la guardia”, para permitir que la palabra penetre en mi mundo, golpee mis sentidos, toque mi espíritu y mi mente, aún a costa de arriesgarme al dolor o una herida. Porque si tenemos la gracia de poseer un mínimo de sensibilidad, nos daremos cuenta de que el poeta, como gran héroe de una tragedia, es el chivo expiatorio, a través de cuya voz, todos nos expresamos. El poeta tiene el designio, el terrible destino de la palabra. Nosotros asistimos al espectáculo de la verbalización, y, con suerte, viviremos -agradecidos, la catarsis.

Existen poemas que nos deleitan, que nos enamoran, que nos permiten unos segundos de ilusión ante la precariedad de la vida. Este no es el caso. Gary Daher, en un acto de sinceramiento, tal vez una suerte de confesión, nos entrega a todos los que alguna vez hemos querido construir algo con las palabras, el insoportable dolor del silencio. “ El lenguaje me limita ” dice en los primeros versos. Y si lo más sagrado que hemos tenido es el lenguaje, si por siglos le hemos depositado la certeza de la comunicación, y ahora éste nos limita, ¿qué nos queda? Ya ni el amor es posible, solo el silencio.

Las palabras son inútiles , dice más allá, solo la música penetra ; pero, ojo: no con la suavidad con la que podríamos esperanzadamente creer. Taladra, corta, araña. El alma apenas acierta a proferir azarosamente una o dos frases verdaderas, que no son sino extravíos de los demonios interiores.

Aunque por instantes sentimos una dureza violenta, agresiva, en estas palabras, a medida que avanzamos en el poemario, confirmamos que la intensidad no va a ceder. Y por el momento, ningún atisbo de solución. Es una tromba la que envuelve al poeta, y su palabra apenas una tabla de salvación provisoria.

En El llamado, por ejemplo, dice

adentro, mordiendo mis entrañas,
(…) espera la imprecisa puerta de lo que somos.

He ahí otro tópico central, de toda la poesía boliviana de los últimos años, y en este caso, de la de Daher ¿Qué somos? La poesía, como camino de conocimiento interior y de explicación del ser, sin embargo, no depara puertos seguros. Parece “ una estrella negra ” encerrada en una “ celda poema ”. Es una respuesta atormentadora. El viento, canta, tal vez igual a la voz de un mensajero de los dioses, ruiseñor, rastro apenas de un frustrado paraíso. Y más adelante, en el mismo poema remata:

para observar cada precipitado tono
cada verbo con los que he construido mi infelicidad,
y trasformar el poema en un silencio.

En una crítica a su obra “El lugar imperfecto”, Giovanna Rivero comenta sobre la rabia como motor o actitud frente al mundo. A ello, el poeta comenta: “no, no siento rabia, creo que nací lisiado del alma”. Si bien no soy partidaria de de tomar en cuenta la palabra “humana” del poeta, (por oposición a la palabra poética, digamos) es inevitable reconocer la terrible coincidencia que albergan estas dos manifestaciones. Las del poemario y las de una entrevista. Señal por otro lado, de que no se puede escindir al poeta del hombre. La escritura es la búsqueda de su camino interior (parafraseo a Rivero), y me repito a mí misma. Y también cito sin darme cuenta, a Wilma Tapia, quien considera que la preocupación central de este libro es la poesía misma, y a partir de ahí, el destino.

Si mi lectura no es sesgada, se produce un descubrimiento, atroz en la medida en que es dicho, hecho palabra. Nada queda sino el silencio y la espera de lo que ha de venir: la muerte .

Leeré un poema que me parece el que desde el dolor, la ineluctable presencia del final, la primorosa construcción de las imágenes, la brevedad y precisión de lo descrito, es a mi criterio, perfecto.

Piedras prohibidas

Las vigas del palacio de mi futura muerte
están hechas de tiempo.

De este lado
junto a las piedras prohibidas
la luna del patio descubre en líneas a una mujer,
su sombra mancha mis manos.

Entre aquel palacio y el patio hay trescientas yardas,
por ellas marcho agobiado.

Sopla un viento ángel
y la lumbre interior lentamente se apaga.


Así que la noche
semejante al olvido
me va tragando

me irá tragando.

No quiero terminar sin hacer una rápida mención al texto inicial, la poética.

Solo
hay
una
muda
luna
como una oruga en mi interior.

Sin terminar de nacer, y con la certeza de la muerte, la luz de la luna se apagará para este caminante agobiado.

Y con su desaparición entrevemos la nuestra, la piel erizada, cuando dice……

Lleno al fin de su precioso veneno
huiré hacia la noche donde se cierra y abre el silencio
uno con las tinieblas
sátiro,
para que nadie recuerde que fui
semejante a todos

Marzo, 2006



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