El despertar de un guerrero
 

A propósito de "Territorios de Guerra" de Gary Daher Canedo

Afín a una escritura que se ubica a en el ámbito de lo esencial, Gary Daher nos entrega en “Territorios de guerra” un mundo poético donde se mezcla lo místico y lo trivial. Una cita, una invitación a recorrer un camino ascendente y descendente a la vez, que aún siendo propio, no puede ser transitado sin la vital presencia de una mujer.

Empero, en “Territorios de guerra”, son mujeres distintas las que están presente en ese recorrido. En dirección ascendente (lo místico), una mujer de la cual el poeta dice: “Aquí todas las cosas llevan tu nombre”; contigo -parece decir-, me atrevo a “matar y morir entre tus brazos”. Por el contrario, en dirección descendente (lo trivial), la presencia femenina se relaciona con un “mundo (…) tan pedestre que la trascendencia se reduce a un mirar por la ventana la rama desnuda”. De la mujer presente en este recorrido, el poeta se expresará con términos, incluso, despectivos: “Copular con ella es más que indiferente, es un deber no querido (…) prefieres la autosatisfacción”.

Pero que el lector no se engañe, ese territorio de guerra del que nos habla el poeta no es otro que su propio cuerpo, el que “libre del hueso que lo cubría / como la oruga expuesta / no tiene fruto de mariposa / y morirá”, ese que “está condenado a vivir incompleto”, nos dice, de manera irónica pero certera.

Así, en “Territorios de guerra”, poeta y poema se debaten en la frontera imaginaria de dos caminos que, en verdad, son dos extremos de la misma vara. Ir en una u otra dirección no es fácil, es una suerte de batalla, ya que, según declara, “en la frontera de mí mismo hay alguien que resiste”.

En el poemario se mezclan distintos lenguajes, que a su vez, conforman escenarios distintos. En estos escenarios se van tejiendo las múltiples relaciones entre lo trivial y lo místico. Hay un lenguaje que hace referencia a los motores de los autos, al tráfico vehicular, a los semáforos, a los celulares, a la edición matutina del diario y la leche PIL. Estoy hablando de un lenguaje directo y profano (no por eso menos poético) que se expresa en versos tales como: “con cinco bolivianos redondos / me dirijo hasta la oficina de teléfonos / -no queda crédito en el celular- / y pateo sin querer la lata de cerveza / que va rodando sin destino / hasta el borde del jardín de la avenida”. El otro, el lenguaje de lo místico se expresa de diferente modo; allí la metáfora es abundante, rica en alusiones a los mundos esotéricos, mundos que se evidencian en versos como: “Soy el ángel gris que aparece en tus sueños / el mago negro / con el casco en la espalda / como un caracol cuya baba / es la única huella de su camino a Samarcanda”. Un mundo de símbolosque nos induce a intuir que detrás de cada metáfora, hay algo más que una simple sustitución ornamental de la realidad.

Empero, para quienes conocemos la obra de Gary Daher, está claro, que “Territorios de guerra”, se constituye en el cierre de un ciclo, que como todo cierre, marca también un nuevo inicio. Y he aquí la paradoja, puesto que el guerrero no acaba jamás su lucha, sino cuando acaba consigo mismo. Es que la guerra en su sentido cósmico, a decir de Juan Eduardo Cirlot, concierne a la lucha de la luz contra las tinieblas, del bien contra el mal, es la lucha del hombre contra sus enemigos interiores, pues la razón única que puede justificar una guerra, es reducir la multiplicidad a la unidad, justificación última que el poeta conoce y reconoce como un elemento central de su obra. Al respecto dirá en su “Anti Ars Poética” (única prosa del libro): “La idea es seguir creyendo –creer es verbo preciso para todo imaginario- en la unidad de nuestro yo”.

Adentrémonos ahora un poco más en el territorio de esa guerra que se libra en el interior del poeta y que transverzaliza, como no podría ser de otro modo, todo el poema. Me refiero al cuerpo; a ese templo de apetito insaciable, de enfermedad y de muerte; de vida, en suma. Para ello, permítanme extenderme con una cita de la ya mencionada “Anti Ars Poética” que, a mi juicio, concentra la sustancia misma de la postura de Daher en torno al cuerpo: “Los cuerpos de los otros siempre son de los otros, no se entregan veraces, y el tuyo está condenado a vivir incompleto, vergonzoso, como el de un niño al que no se le ha enseñado a vivir. Todo para evitar que aquel cuerpo, ese que te está prohibido por todas las leyes, y que verdaderamente se desea, sucumba algún día en un acto de violación apremiante y el universo se hunda sin piedad y llegue el juicio final y necesites, inevitablemente, el suicidio”, sigamos con un fragmento del mismo texto, donde más adelante dice: “el cuerpo que amamos, la madre, es nuestra casa, pero a él, a ese cuerpo grandioso, inimaginable, inmensamente tierno, solamente nos une un conducto, aquel mágico cordón umbilical, no existen los roces, la piel es definitivamente inexacta, inermes y felices flotábamos permanentemente en un líquido celestial, sin tener la más mínima idea de que un día seremos expulsados, por el mismo cuerpo que amamos, al afuera del horror de los demás. Pero siempre queremos regresar, y con ilusa pretensión, fantaseamos que la muerte es esa vagina maternal, la cueva de la recuperación, no siendo otra cosa, lamentablemente, que el vacío infinito sin nosotros”.

Estamos pues, frente a una confesión: la guerra se libra para volver al vientre. Más certeramente: lidio una guerra en mi propio cuerpo para volver al vientre, al cuerpo de mi madre, a la casa. Esta declaración que, leída por los ojos de un psicoanalista pudiera parecer la clara manifestación de un Complejo de Edipo no resuelto, desde el punto de vista esotérico, es decir, espiritual, está lejos de serlo. Según la enseñanza hermenéutica, “regresar a la madre” significa “morir”, matar a los demonios que llevamos dentro. La madre simboliza también, el medio por el cual se escinden las partes del alma universal para formar las almas individuales. La madre es la primera portadora  de la imagen del ánima, que el hombre ha de proyectar sobre un ser del otro sexo. Sí, es el cierre de un ciclo. Un cierre que, a su vez, se transforma en el inicio del retorno.

Pues bien, salgamos del texto. Recuerdo que hace ya once años, cuando apareció publicado “Errores compartidos”, libro paradigmático y controversial, que, junto a Gary Daher y Juan Carlos Ramiro Quiroga, creáramos como producto de un taller de poesía que denominamos “Club del café o del ajenjo”, Gary escribía en su ensayo “Un repentino sol”, lo siguiente: “En el origen se abrió el ala y penetraron por la escalera de la torre. Los tres distintos sentimientos: el Antologador, el Incrédulo Bromista y el Pasional. Desde la ventana se veían los plantíos de café. Un aroma germinal llegaba con los primeros vientos. Allí se engendraba el seminario. Una asamblea de tres, número que desde lo eterno siempre fue uno. El valor del retorno en sí. Entonces todo surgió del golpe del Pasional: una ronda de preguntas inesperadas, la ubicuidad poética desnudada de una cachetada. Esto produjo un fiebre literaria, y a partir de allí ya nunca más sería lo mismo”. Pues bien, el Incrédulo Bromista era yo, y como tal, pude atestiguar parte del primer recorrido de Gary, ese primer ciclo al cual me he referido. Hoy no soy el mismo; nadie lo es.

“Territorios de guerra” nos invita a reconocer en nosotros un campo de batalla, en el que, como guerreros, tenemos una cita, necesaria y esencial. Tal vez esta batalla, interior por cierto, sea la cita a la que nos convoca Gary Daher; un segundo ciclo que, como dice el autor, es, sobre todas las cosas, un lugar impostergable en el tiempo.

Ariel Pérez Rosas

Santa Cruz de la Sierra, mayo de 2007



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